Renato Paone Columnista 
Publicado el Domingo, 17 Abril 2016 13:42

EL SINDROME DE LA AUTODESTRUCCIÓN

Valora este artículo
(11 votos)

BELLO (ANT). EL SINDROME DE LA AUTODESTRUCCIÓN
Léase con sarcasmo y sensatez 

RENATO PAONE


Es una teoría fácil de entender, basta con mirar el entorno, todo está llegando a su fin.   Algunos investigadores dirán que es una actitud genética.  Los de corrientes más sociales dirán que es una simple costumbre.  Algunos fanáticos asegurarán que estaba escrito; el caso es que es real, al menos parece muy real, todo está llegando a su fin; la comida, el agua, la gente, la radio, la televisión, la gasolina, la música, y dentro de todo ese todo entran, lógicamente, las costumbres y con ellas las músicas tradicionales.   El final de los tiempos es inevitable y lo vimos en mi pueblo cuando don Gabriel cerró su restaurante, dejando afuera una fila de clientes hambrientos, porque ya nadie comía.

Después de un profundo estudio gastrosocial se reforzó la teoría: la gente en Colombia ya no come ni arroz, otrora podíamos usar el dicho aquel “se vende como arroz”; los paisas ya no consumen fríjoles ni arepas, los costeños dejaron de comer patacón, en Bogotá no se volvió a ver ni un solo ajiaco y el consumo de lechona en Tolima ha descendido a niveles alarmantes para los opitas y esperanzadores para los marranos. El estudio demostró que en Antioquia solo en el desayuno, el almuerzo y en la cena se ven arepas al lado del plato y que un escaso 95% de hogares y restaurantes tienen como prioridad los frijoles con arroz y demás accesorios; se analizó, en conjunto con Asomupla, que un costeño promedio está en la capacidad de consumir patacones solo desde que se levanta hasta que se acuesta, por eso se venden en cada esquina y en las casas no puede faltar al lado del cuadro de Diomedes el gajo de plátanos; mostró como los capitalinos sueñan con la llegada del domingo para ir a devorar un suculento ajiaco, y que en Huila y Tolima no hay fiesta sin lechona ni delegación deportiva o cultural que no sea recibida con su porción de arroz tapado con cuero marranero; aun así, la gente colombiana ya no come.

El mismo estudio abordó el tema del transporte y su inminente desaparición, los colombianos ya no montamos en bus, es por eso que es tan fácil usar uno de esos cacharros bullosos y mal olientes que viajan a la velocidad del sonido o de manera casi imperceptible, no hay punto medio, con una masa humana amorfa en su interior olorosa a arroz con papas y perfume barato, y por fuera, gente colgando como gajos de plátanos, todo esto sucede porque los colombianos ya no usamos el bus.

Entonces los colombianos, según el estudio y según los mismos colombianos, no comemos, ni vestimos, ni nos movemos, ni sentimos, somos algo así como estatuas desnudas. Y es un síndrome social lo que nos lleva a esa devastación total en todos los sentidos, a esperar el desastre absoluto en el minuto siguiente, a la autodestrucción masiva por mucho que la realidad nos demuestre lo contrario.

Basados en el serio y profundo estudio podemos mirar el campo de la cultura y encontrarnos con la misma mirada romántica y destructiva muy propia de cien o más años atrás en que el pueblo y lo popular eran reservas de un pasado perdido, y aun hoy, siendo las músicas tradicionales y campesinas vigentes y vivientes seguimos pensando igual y vaticinando su final a cada hora, negando su supervivencia a pesar de todo y creyendo que realmente las músicas folclóricas han desaparecido, es apenas entendible esa abolición voluntaria apoyada en el escaso estímulo a la práctica de éstas músicas por parte de los programas de estado que poco reconocen que la tierra colombiana suena, las academias insisten en modelos y sonoridades foráneas, los programas de formación de músicos entrenan músicos que repiten obras en un violín sin conocer un tiple y hemos llegado al triste extremo del autodesconocimiento que nos ofrecen talleres de ritmos a 6/8, la métrica propia del hombre andino.

Y es que esa devastadora realidad se confirma en el ámbito musical: cuando en los festivales de música andina colombiana, por ejemplo, no cabe ni un alfiler en las graderías y en los pueblos donde se realiza hasta un patio se convierte en hotel, eso según la colombianidad, es desolación; cuando en las eliminatorias a algún campeonato de música se presentan 60 o más agrupaciones de todo el país, eso se traduce en que nadie está tocando música colombiana; cuando es literalmente imposible conseguir bus para ese tan querido festival que cada dos años nos endiabla sin haber hecho reservas con dos o tres semanas de anticipación; cuando una región entera se alborota al ritmo de sanjuanitos y harina y llena de visitantes todos se abrazan en folclor, eso, según la colombianidad, es no tener futuro.

9Hoy escribo desde tierras carrangueras, lamentablemente desoladas, ya no quedan carrangueros y en la radio, en los escenarios de los pueblos, en los comentarios de la gente, en los platos de comida, en el tema de conversa, siempre está la carranga, una música que según sus hacedores poco gusta ya, una musiquita imprescindible y vital para este pueblo, olvidada por los estudiosos que escasamente una vez al mes aparecen por la Fundación Corazón Carranguero con el objetivo de saber más de ella, una expresión musical de la que no se puede esperar mucho cuando, por ejemplo, en dos tardes de carranga contamos cuarenta agrupaciones conformadas por músicos entre los 8 y los 65 años, de la carranga definitivamente no hay mucho de qué hablar, solo que esta tan madura y fortalecida que ya podemos hacer categorizaciones por estilos: tradicionales, carranga santandereana, boyacense, nuevas tendencias, tropicarranga, entre otros, y no hay mucho que sonar, escasamente el 95% de las emisoras de la región pasan carranga en su programación diaria, la programación de Radio Carranga de www.carranga.org es de apenas 4270 canciones, definitivamente es una música viva, en permanente movimiento musical y generacional, esto, según el colombianísimo síndrome de autodestrucción, nos permite vaticinar su cercana desaparición.

En conclusión el síndrome de la autodestrucción es apenas lógico y de esperar en un ambiente en donde no creemos en nada, ni en el otro, ni en nosotros, el colegaje es un concepto ausente, donde la ruana sigue siendo símbolo de suciedad, fealdad, pobreza e ignorancia aún dentro del mismo gremio, y peor aún, cuando un criticante ha tenido el infortunio de pasar por las inmaculadas aulas de una academia no dudará en descalificar a quien no lo ha hecho, siendo incluso el, alguno de esos raros pero abundantes especímenes que el estado encarga de la promoción de la cultura, su cultura, pero que se eriza y retuerce en hilarantes muecas de horror y burla cuando escucha un “haiga” salido de una agrupación campesina o que ya no soporta la natural y común imprecisión en la afinación y en la medida de las músicas tradicionales libres aún de la penosa jaula de los metrónomos. Las músicas tradicionales viven y lo seguirán haciendo a pesar del peligro que corren en manos de algunos de sus “protectores” enceguecidos con su síndrome de autodestrucción quizás para poder migrar sus modales y costumbres a unas más finas y foráneas y poder vivir en un ambiente de primer mundo con lo económico del tercer mundo, y también a pesar de muchos mesías que a diario las asesinan dizque para "rescatar nuestro folclor".

Las músicas tradicionales colombianas no han muerto, siguen vivitas y sonando. (El auto corrector quizo poner soñando, será por algo) Hay carranga pa’ rato, pero esto se acabó.

NOTA: El estudio gastrosocial es imaginario

 

RENATO PAONE
Ingeniero de sonido y productor musical
Director de la Fundación Corazón Carranguero

Visto 809 veces Modificado por última vez en Domingo, 17 Abril 2016 14:13

Ingeniero de sonido, músico y emprendedor
Director Fundación Corazón Carranguero

Inicia sesión para enviar comentarios