Renato Paone Columnista 
Publicado el Domingo, 08 Mayo 2016 15:49

UN LENGUAJE ELEGANTE Y ALEJANTE

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BELLO (ANT).    UN LENGUAJE ELEGANTE Y ALEJANTE*
*: Nada ha sido imaginado.

Por Renato Paone


Recuerdo aquella tarde como si hubiese sido ayer, pero para compartir a gusto el recuerdo, narraré el suceso que dio pie a este artículo.

Ayer, en la tarde, en una casa campesina del suroeste antioqueño, estaba todo dispuesto para una grabación más de Micrófono Errante; los músicos campesinos y sus familias estaban vestidos de fiesta, un delicioso olor a café acompañaba sus sonrisas domingueras, sus miradas de asombro brillaban al ver cómo el corredor de su casa, con una privilegiada vista a las interminables montañas antioqueñas, se iba convirtiendo en un estudio de grabación, rápidamente surgió el comentario entre risas; “estudio de grabación panorámico”. Hacía parte de la fiesta de grabación un delicioso “sudado de pollo” de esos que se sirve con orgullo y se come con pasión, muy representativo del espíritu amable y amplio del antioqueño puro.

microfono erranteLas guitarras afinadas “a oreja”, las voces cuidadas rigurosamente con la tradicional técnica de la serenata nocturna y los tragos de aguardiente entre canción y canción y un repaso a sus canciones preferidas era la preparación que había realizado el grupo escogido para la grabación del volumen once de Micrófono Errante, conformado por tres veteranos músicos famosos en pueblos y veredas de la región.
El más joven, con sus 63 años, nos relataba cómo comenzó a los seis años de edad tocando a escondidas la guitarra de su papá cuando éste salía a trabajar, a escondidas porque su mamá decía que eso de ser músico era una perdición, solo trago y mujeres a cambio de poner a bailar y gozar a los demás, y ni un solo centavo llegaba a la casa de cuenta de esa parrandita (léase con tono de matrona paisa). Practicó varios años al escondido, con una forma de aprender difícil y muy exigente, ya que el fin de semana veía lo que hacían los músicos del pueblo y lo guardaba en su memoria para intentar repetirlo en semana, complementaba a veces con alguna esporádica explicación que le pedía a los profesores en el colegio; difícil y exigente también porque para tocar debía esperar a que la mamá saliera cada tarde a la práctica del chisme veredal y allí comenzar su atlética labor: pararse en el nochero y de allí trepar al chifonier que era el lugar de la guitarra, a veces se quedaba encaramado allí practicando, otras veces bajaba para tocar más cómodamente en la cama o darle serenata al perro; tocó al escondido hasta los 10 años, pero una tarde todo terminó, malditos zapatos nuevos no se sabían el camino al chifonier y lo hicieron tropezar ya en la cima, perdió el equilibrio y por evitar que la guitarra se cayera fue a dar contra el piso, y luego la guitarra contra él; dos costillas y tres brazos rotos, los dos de él y el de la guitarra, un diente y tres cuerdas menos. Su mamá lo encontró inconsciente al lado de los pedazos de guitarra y ante tan inexplicable y horrenda escena lo llevo al hospital en donde le tocó confesar su costumbre oculta frente a las enfermeras, el papá, la mamá, una monja y el cura del pueblo, porque la teoría inicial de su mamá era el ataque de un duende. Tuvo que esperar a cumplir 18 años, irse de la casa a recorrer el mundo antioqueño y poder comprar su propia guitarra para tocar y cantar libremente.

Don Nicanor, el del medio, descubrió su facilidad para la música a los 21 años, cuando su primera novia le dijo, que para quererlo mucho, le llevara una serenata; en ocho días aprendió a tocar y cantar cuatro canciones con la ayuda de un amigo y le llevó su serenata, pero la susodicha esa no lo aceptó dizque porque no le cantó su canción preferida, una de Agustín Lara que sonaba en el radio cuando el radio sonaba.

De la tristeza y la rabia se aprendió como cien canciones más y fue el músico más popular en el pueblo, y novias, tuvo por montones.

Don Neftalí, con sus 82 años recién cumplidos, fue el muchacho mas parrandero de la región, desde que tiene conciencia ha tenido un tiple en la mano, conoció a Salvo Ruiz trovando en un peñón del rio Cauca y desde allí supo que su profesión iba a ser lo que apareciera y músico. Tocó con todos los músicos de la región y en todas las fiestas, cuenta que hasta en los velorios cantaba, temprano música triste y entrada la noche, pura parranda. Su vida fue un jolgorio permanente hasta que un diciembre, después de varios días de juerga, regresando de una vereda, se cayó del capacete de un bus escalera, igual que su compañero, con guitarra y todo. Treinta y tres días después, lo despertó en su casa el olor de un sancocho que habían preparado para recibir las visitas que iban a verlo y a rezar a su lado para que muy pronto descansara en paz, su mano derecha no volvió a ser tan ágil y su voz ya no fue tan alegre.

Los tres se conocían de toda la vida. Un día, hace unos treinta años, en el bar Pilsen, después de una tarde de canciones y aguardientes, decidieron formar una agrupación, y desde entonces, no ha habido matrimonio, cumpleaños, fiesta cívica, funeral, inauguración, movida de catre, navidad y hasta divorcio en el que no hayan tocado, dicen conocer la sala de todas las casas del pueblo, han interpretado, tal cual, todo el repertorio de la música colombiana, parrandera, carrilera y todos los vallenatos de guitarra. Hasta un diciembre se inventaron una canción, la de la negra del revuelto que le tocaba la papaya a las muchachas, fue tal el éxito que lo grabaron en la emisora y ese diciembre hubo tanto trabajo que les dio para irse en enero a Tolú con las familias.

Siguieron sonando y soñando, ya no compusieron más. Calculan que su repertorio alcanza para unas diez horas de fiesta. Su ritmo preferido es el bambuco, su bambuco preferido es La Medallita. Con un lenguaje técnico propio hablan de la segunda, de la primera o de si por mayor o menor con toda naturalidad. Afinan de oído, como siempre. Don Manuel siempre hace la primera, Don Neftalí la segunda, Don Nicanor las animaciones cuando toca la guacharaca o las terceras si las hay. La puntera la toca Neftalí, está estrenando su cuarta guitarra porque tiene “una mano muy pesada”; la marcante la hace Don Manuel y a Nicanor le gusta moverse entre apoyar la marcante y tocar la raspa.  Dicen ser culpables de más de la mitad de los matrimonios del pueblo.

Con sus canciones han enamorado y arrullado a varias generaciones y eso el pueblo lo reconoce. Hasta un día iban a salir por la televisión nacional pero Neftalí se enfermo y no pudo ni siquiera levantarse de la cama – fueron los nervios- dice entre risas Manuel.
Sin más pretensiones que alegrar la vida, la propia y la ajena, han trasegado la música con la vida a cuestas, varios en el pueblo se hicieron músicos inspirados en ellos, se han ganado la admiración de propios y extraños, incluso después de haber comenzado a cobrar por sus serenatas, han montado a varios alcaldes sin recibir nada a cambio y lucen en todo momento una sonrisa cálida y transparente que muestra que su sencillez y humildad no tiene límites.
Y así comenzó la jornada de grabación de Micrófono Errante; después de la primera canción, por los cachetes de Don Manuel rodaba una lagrima de emoción al escuchar por fin grabado el sueño de su vida entera, en la cuarta canción, Nicanor con un suspiro, nos dijo: “ya me puedo morir tranquilo, ya mis bisnietos van a poder escuchar mi voz y hasta los podré arrullar desde el cielo con uno de estos Bambuquitos”. Llegábamos así a los doce temas, misión cumplida, la poesía afloraba con la felicidad del momento.

Entre charlas, poses para la caratula, abrazos, brindis y recuerdos, caía la tarde cuando fue anunciada la visita de uno de los más insignes personajes del pueblo: “el Maestro”, recién graduado en la capital como licenciado en música, por ende, el más sabio en la materia del pueblo y sus veredas y hasta de pronto de todos los pueblos cercanos. Minutos después, efectivamente, apareció tan grande personaje, iluminado por su ego, con su pelo al viento y seguido de un pequeño séquito de entes; músicos del pueblo en proceso de deformación a cargo del “maestro”. Con la humildad ausente de los que soportan su vida en los títulos y con un saludo tan caluroso como el invierno patagónico, asumió su rol de juez; con cierto escrúpulo fingido y mirando de reojo a los presentes tomó los audífonos y con un gesto de aprecio inexistente escuchó lo grabado.

Un oscuro silencio se apoderó del corredor, a lo lejos las guacharacas volaban pesadamente hacia su noche, la sonrisa permanente en el rostro de los músicos acompañaba la caída del sol. Tan lamentable personaje, después de escuchar dos de los temas grabado y con la intención de parecer interesante pero con la arrogancia de los que llevan el sobrenombre, mal puesto, de “maestros”, inocente y peligrosa costumbre pueblerina de llamar así a cualquiera en una mezcla de adulación y burla, dijo con voz grave y pausada: “Que tal si toman cada uno de los temas y buscan un sonido más fresco y variado, deberían rearmonizarlos, incluir algunas cadencias modales, buscar una que otra politonalidad para crecer armónicamente, cambiar algunos compases de los intros por algo de serialismo, utilizar unos acordes 9/13, en Las Acacias podrían usar un segundo napolitano para resolver en mayor y el bajo debería buscar una melodía apoyada por la marcante y las voces, de manera que permita escuchar inversiones de acordes más interesantes, deberían aprovechar las dos guitarras para ensamblar alguna polirritmia, y con las voces podrían buscar que una de ellas se abra para formar armonía agregada suprimiendo la quinta. Digo, no, para que no suene igual a todo”. Los músicos desconcertados se miraron entre sí, miraron sus instrumentos, miraron al techo, al piso, al sol ocultándose, volvieron a mirar al “maestro”, miraron detenidamente la consola de grabación como preguntándose ¿Qué habrá escuchado?, decidieron tocar Las Acacias por si las dudas, teniendo mucho cuidado en hacerlo tal como se los había indicado, solo que sin nada de los que había sugerido. Al terminar su interpretación vieron como el “maestro”, con gesto de desprecio y frustración, se marchaba de la casa seguido de su sequito de músicos alevinos que movían sus cabezas negativamente, entre ellos, cinco pequeños miraban a su abuelo Manuel, al tío Nicanor y a su abuelo Neftalí con cara de indignación, olvidando todas las navidades, cumpleaños, días de la madre y todo tipo de celebraciones en que junto a ellos cogían algún instrumento o cacharro viejo para acompañar sus canciones o las noches en que fueron arrullados por los amigos del tío o los amigos del abuelo ensayando en el corredor.

Inmediatamente comprendí el perjudicial alcance de ese feo vicio muy popular entre quienes se apartan de la realidad para estudiar la realidad, error de formación que hace que entre más se interesen en el tema más se alejen de sus raíces y crean que formando una muralla idiomática de tono aparentemente interesante pueden estar sobre el bien y el mal sin importar qué tanto desconozcan, deliberadamente, su genética sonora, sus actores y su entorno. No sirve de nada rebuscar un lenguaje elegante y pretensioso si lo único que logra es alimentar un gueto más o darle vida a una sociedad más del mutuo elogio, en donde lo importante es qué tan denso sea el discurso y no qué tanto aporte al fortalecimiento y reconocimiento de las músicas de las que proviene. Y entonces para que no quede en el aire una sensación de crítica sin sentido, y respondiendo un poco la inquietud mi amigo Jimmy, mi propuesta es fácil: no más miradas de reojo y gesto con arrugada de nariz y ojos alargados sobre los lente para las música del campo y sus hacedores, no mas sociedades de mutuo elogio, no mas lenguajes elegantes pero alejantes, hablemos menos densamente y mas cordialmente, como son las músicas colombianas en general, por ejemplo, no sigamos alabando la carranga pero a la vez evitando su exposición, negando que existe esa otra carranga viva, como cuando mi amigo Mac se llenaba la boca diciendo las bellezas de las músicas campesinas pero no dejaba que nadie que las practicara entrara en su casa, o como cuando hicieron una fiesta donde todos eran bienvenidos pero solo los bonitos, según su gusto. No es justo ni ético seguir utilizando el lenguaje como un arma más de discriminación, usar fachadas con tan nobles términos como música colombiana y músicas campesinas, entre otros, para tras bambalinas seguir discriminando lo que no es bello ante los ojos de quien inventó su propia versión de belleza no es acorde con la calidez que caracteriza las músicas colombianas. Es imperioso dejar de vedar esa sustantividad y no transfigurar las expresiones propias del pueblo con sus singularidad vernácula en una cosa anodina, hay que dejar de producir opúsculos cada que queremos ostentar caletre frente a algún cofrade que se afana por el mismo objetivo fútil y estulto ya que trocamos la comunicación en un acmé insondable que fácilmente nos deja a centímetros de ser un orate mientras las verdaderas raíces siguen su singladura. Prefiero parecer un ácrata a tener un brete que no me permita acercarme a lo más imperfecto de las expresiones culturales y sigo considerando que hay que extricar nuestro lenguaje sin perdernos en el légamo de los egos. O se me pegó o todo esto es un dislate.

Nota: No pretendo salvar ni condenar al mundo con mis artículos, tampoco ganar adeptos ni enemigos, simplemente compartir lo que para mí es vivir en un país que ilógica e irónicamente tiene que luchar permanentemente por su autonomía cultural aún contra los mismos “gestores” de la cultura.

Renato Paone

 

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Ingeniero de sonido, músico y emprendedor
Director Fundación Corazón Carranguero

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